cosas que debes saber cuando tu pareja cuida de tus hijos

No es un secreto que me cuesta dejar a mi hijo con mi esposo, especialmente porque es demasiado relajado con la rutina diaria, no se complica con la comida, le da su pacha media fría (yo se la doy calientita, exactamente como a él le gusta) y nunca logra combinar los zapatos con los calcetines y la camisa con el pantalón.

Al inicio tuve la tentación de señalarle los errores que cometía cada vez que lo cuidaba y hasta pensé dejarlo fuera de la jugada, después de todo, se sentía muy bien ser la cuidadora única y primaria de mi hijo. Sin embargo, con un trabajo al que recién regresaba y una maestría por empezar, no tuve otra alternativa más que compartir el cuidado de mi hijo con mi esposo. Estas son las 5 cosas que he aprendido hasta ahora:

  1. Juega de diferente manera: Sí, lo lleva al límite, literalmente. Recuerdo entrar un día a la sala del pediatra y encontrar a mi hijo tirándose (sin ayuda de él) de un resbaladero que en mi opinión, era demasiado alto para su edad. Tenía 1 año 4 meses. Casi me da un infarto. La respuesta de mi esposo fue simple: “No te preocupes mi amor, lo hice cuando era pequeño y no va a morir si se cae”. La idea de juegos y sus límites son claramente muy distintos para los papás que para las mamás. Y esto, aunque me costó aceptarlo, no necesariamente es algo negativo: Un estudio realizado por Kent University demuestra que el tipo de juego que pueden tener con los papás pueden llegar a ser beneficiosos en el desarrollo de la confianza de ellos mismos y en el aprendizaje a tomar riesgos. Si, aunque nos cueste aceptarlo, los padres pueden llegar a servir como una base segura para la exploración y toma de riesgo de nuestros hijos.
  2. Mama adivina, papá pregunta: Por supuesto que sé cuando mi hijo tiene hambre, sueño, miedo, enojo, felicidad, frío, calor. El no necesita decírmelo, lo conozco, sé que quiere sin que tenga que decírmelo. ¡Soy su mamá! Sin embargo con los papás es otra cosa, y no necesariamente negativa. Los padres, como ya lo sospechábamos, no son tan condescendientes con el lenguaje no verbal como nosotras. Es por eso que piden a los niños expresar sus sentimientos de una manera más clara y a través del diálogo, ayudando a nuestros hijos a desarrollar habilidades cognitivas a partir de los dos años.
  3. Mamá da caricias, papá juega: Mi idea de conectarme con mi hijo es a través de caricias, abrazos y besos. Lo opuesto con mi esposo, que utiliza el juego y los movimientos rápidos (salvajes en mi opinión) para hacerlo reír. Esto tiene sus ventajas: en el estudio mencionado anteriormente, se concluyó que el rango de emociones que muestran los niños son más amplias y más intensas con los padres, y ésta es la zona donde más aprenden los niños a controlar sus emociones.
  4. Mamá calma, papá los reta: Mientras yo trato de calmar a mi hijo cuando tiene algún momento de desánimo o frustración, usualmente mi esposo tiende a retarlo a encontrar soluciones a sus problemas, o por lo menos enfrentarlos. Esto por supuesto, puede depender de cada pareja, independientemente del género. Ninguno es mejor que el otro, es solo cuestión de que nuestros hijos vivan ambas situaciones durante su desarrollo.
  5. Papá se siente más feliz y seguro de él mismo: Esta comprobado que los papás más involucrados en la crianza de los hijos muestran un nivel de confianza más alto en sus habilidades como padres, y en consecuencia un nivel de satisfacción por su vida en general. Por supuesto que mi esposo no sabía como cambiar pañales, ni bañarlo, ni cortarle las uñas. Yo tampoco. Pero la seguridad de ambos vino de la práctica y sobre todo de los errores que cometimos, que han sido muchos.

Después de 1 año y 11 meses de tener esta dinámica, puedo decirles que mi esposo sigue siendo demasiado relajado con la rutina diaria, sigue sin complicarse con la comida, sigue dándole su pacha media fría (y yo sigo dándole su pacha calientita, como a él le gusta) y nunca logra combinar la camisa, con el pantalón y los zapatos como yo quisiera. Sin embargo, he aprendido a aceptar que no existe tal cosa como mi manera (la correcta) y su manera (la incorrecta) de hacer las cosas con mi hijo. Cada uno aportamos algo distinto a nuestro hijo que va a ayudarle en un futuro, y cada día su habilidad como padre mejora, y la mía como madre, también.

 

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